Me comenta un amigo por mail que a veces confundimos lo abyecto con lo repugnante. Mientras buscaba unas respuesta, me ha venido a la cabeza el shock estético que me produjo Piranha 3-D (Alexandre Aja, 2010), en su forma de exacerbar, hasta llevar al límite, la consistencia de un filme de horror de estas características: la masacre de los desprevenidos bañistas. No sé hasta qué punto el shock (y su ausencia en otros productos similares) es una cuestión de estilo, es decir, de saber dónde y cuándo cortar. En ese sentido, tal vez Piranha 3-D sea un intenso prolegómeno a esa decisión, un relato que muestra con paciencia y detallismo el desarrollo de la carnicería, pero no sus consecuencias laterales. Y que, a base de mostrar y visibilizarlo todo, consigue que nuestro placer más primitivo sufra un cortocircuito, una anomalía, que la risa se congele porque no puede mantenerse tanto tiempo, porque echa de menos ese corte de montaje que le sugiere evadirse o fugarse a otra escena, otro instante, otra historia. No permanecer, atento a todo, en la misma historia.
Pensándolo bien, creo que esta sensación me serviría para explicar en qué se diferencia lo abyecto de lo repugnante. Lo repugnante consiste en aceptar una vulneración de nuestra manera de ver las cosas. A causa de la repetición, de los mecanismos narrativos, de las convenciones, se trata de un giro que aceptamos a priori, porque sabemos identificarlo y detectar cuánto va a durar. Lo repugnante dura hasta que el montaje corta a otra escena. Sin embargo, lo abyecto no lo aceptamos, porque tiene lugar mientras se retuerce nuestro sentido de lo moral. Lo abyecto trabaja durante, no antes; se encarga de eliminar nuestra aptitud para saber cuándo acabará la escena. Y es la clase de vulneración que no toleramos con la misma facilidad, porque nos obliga a pensar, mientras lo vemos (y no a la salida del cine), el goce que estamos expresando.